XIII


Celebro

sin mirar atrás,

las causas pérdidas,

el desvelo de mi madre en un abril oscuro,

las manos de los amantes que no se encuentran,

un beso perdido en la cama.

Celebro al fin,

como quien dice no tener miedo,

pero a la vez rehusado al despojo.

No miro por la ventana esperando encontrar,

y tampoco aullo a la luna sabiendo buscar,

miro porque celebro a la vida,

que se manifesta en esas manos que no se encuentran, y sin embargo luchan,

en el desvelo que no espera ser recíproco aunque merezca serlo,

en las causas que dieron hasta el último aliento.

Y aunque sea el despojo lo mismo que el miedo,

mis manos arden vivas,

celebrando.

NGO.

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Todas las voces y ninguna


Los del número 4 decían cualquier cosa.

Que una llevó a la otra, o viceversa,

que la culpa era de ellas y que Dios se apiadara de sus almas.

 

Que indignante, pensaba.

Porque de todos ellos no se hacen ni medias partes.

Vociferando bondades que a ellos mismos les faltan.

Diría, pobrecitas, pero ni eso ni culpables son;

las pienso libres, lejos de todo encierro.

 

Vendito Dios ya se fueron. 

Ni porque habían niños se contenían.

¿Contener qué?, pienso yo.

¿Las ganas de vivir?

 

Y vieras cómo salieron de aquí.

Yo las vi, casi me da algo. 

Esas personas no saben de moral, todo les viene y le va.

Tentando las aguas del chamuco, grita Don Polifiano desde su trinchera.

 

Los miro y pienso: Pobrecitos ustedes.

Confinados en un triste rincón, un encierro lúgubre.

Y la vida escapándoseles así, en la inconsciencia. 

A ellas, en cambio, la vida se les desbordaba.

Dejaban estelas vivas a su paso, 

y esos restos los recogían algunos para dar cuerda a sus bocas.

Bocas que no paraban nunca, como carruseles infinitos.

 

Y los vuelvo a mirar y  luego me acuerdo de cuando se fueron.

De sus labios formando una O y  luego una línea recta.

Pero fue tan breve y tan rápido que apenas escuché palabra.

Quizá fuera importante. Un gesto amable. Cualquier cosa. Tal vez una invitación a huir de esta trinchera miserable.

 

NGO.

Carta a un amigo en las alturas

 

Existen montañas tan ceniles como la tierra misma.

Cuyas grietas son la memoria del tiempo.

Refugio para quiénes vagan perdidos.

 

De su exhalación emanan los espíritus viajeros.

A quiénes se les ha confiado el curso del destino,

desde tiempos innominados.

 

Me han contado los aíres de por aquí,

que uno de ellos se apropió tu nombre.

Tan humano cuando partiste,

tan ajeno cuando dejó de pronunciarse.

 

Ahora la gran piedra lo conserva.

Anidado en sus poros,

bien profundo en su ser.

 

Dicen las voces que no callan nunca,

las que buscan develar el misterio.

Dicen mucho pero poco saben,

que vieron tu rostro en alguna nube,

que vieron tu sombra oculta entre la hierba.

Que eras tú.

 

La montaña calla porque el hombre busca saber demasiado.

Sabe por vieja, que el conocimiento derrumba.

Profana cuánto se toque.

Lo sabe, y por eso se mantiene tan distante del suelo.

 

Las voces hablarán hasta el fin de los tiempos.

Dirán que te han visto en todos lados,

como quien dice haber visto milagros.

 

Ya no existen tu nombre, ni tu sombra, ni tu rostro.

Se han fundido en la montaña.

Vieja testigo de la muerte.

Piedra volcánica,

lo único tuyo que nos queda.

 

NGO.

Publicado en el libro “Fabulaciones, imaginería y libertad” (2018).
Antología de Dime Poesía (ITESO). Editorial Paraiso Perdido.

Atmósfera I

Temor entre las sábanas,

furtivo escondite.

Baja el sol, baja la luna.

Como tardes de abril que no acaban.

 

Toca tu piel, toca tu cabello enredado en sudor.

Escondiéndote entre las sábanas,

como refugio de los constantes temores.

 

Toca tus piernas, toca tu sexo.

Constantes también esos jadeos,

que suenan más a tortura.

La sinfonía de la desgracia.

 

Toca tu cuerpo, pero no tu alma.

Escondida entre las sábanas.

Dentro, muy dentro donde no pueda hallarla.

 

Toca y toca y toca.

¿Cuándo acabará esto?

Sigue y sigue.

Como eterna manecilla en la luna.

 

La recámara a oscuras,

el sudor entre la piel y las sábanas.

Y oculta en lo profundo:

una pequeña alma.

 

NGO.

 

 

MEMORIA DEL 86

Viernes 16 de mayo de 1986.

Todas las mañanas las paso sentado frente a mi ventana. Desde que cumplí 81 años y mis piernas comenzaron a fallar, los días se han vuelto más largos; aunque no siempre fue así. Recuerdo cuando tenía las fuerzas para cargar al mundo en mis brazos y nada era inalcanzable, recuerdo la pasión con la que me ponía de píe después de cada caída y la brisa en mi cara cuando daba largos paseos en bicicleta. Y ahora estoy aquí sentado, viendo cómo se me escapa el día, mientras mi mujer, Lidia, me acompaña desde el otro lado de la habitación leyendo un libro.

Lo que más extraño es mi bicicleta. Todavía recuerdo lo ligera que era, aun subiendo la colina más empinada. Fue mi padre quien me enseñó a usarla. Llegó a casa un día con mi primera bicicleta al hombro: de un rojo brillante y ruedas con franjas blancas. Dedicó aquella tarde y la mañana del día siguiente a que lograra andar de la casa hasta la pileta sin caerme; tenía cuatro años. Luego se me acercó y pronunció las palabras que más recuerdo de él. –Hijo, ahora ninguna caída será definitiva –. Tenía razón. Andar en bicicleta hará que caigas muchas veces, que te hagas raspones y dolores más agudos, que tus pantalones se manchen de lodo por más que los remangues, que las palmas se te llenen de callos y una sarta de cosas más. Aunque todo eso pase, sentir que vuelas por los aires mientras tus piernas pedalean a toda prisa, es sin dudarlo, la mejor sensación del mundo. Si, la bicicleta te hará caer, pero te enseñará a ponerte de pie y seguir andando.

Quizá sólo fui un viejo que se enorgullece de haber recorrido cientos de caminos junto a mi fiel compañera de dos ruedas, que ahora apenas puede ponerse de pie y andar, pero esos días de gallardía son los recuerdos de una vida bien vivida, sencilla pero llena de cosas maravillosas. Tan maravillosas que las recuerdo con alegría y ya no me aferro a ellas. Como cuando conocí a mi mujer andando por una vereda de un pueblo lejano, cuando me uní a unos ciclistas extranjeros que venían de muy al norte, o cuando mi pueblo se quedó sin electricidad ni agua, y al ser más veloz que las carretillas, fui hasta la gran ciudad en bicicleta. Todos esos días habrían sido diferentes si mi padre jamás me hubiera enseñado a montar la bicicleta. Me habría convertido en mecánico o en alfarero, y jamás hubiera sabido como es bajar por las colinas más altas a toda velocidad.

Por esa sencilla razón escribo esta carta. Para que algún día enseñes a tus hijos a andar en bicicleta; tal vez no cambie su mundo como cambio el mío, pero te aseguro que no olvidarán su primera caída y tampoco la primera corrida por sí mismos. Yo ya soy muy viejo para eso, y mirar los días pasar desde mi ventana no me han hecho más sabio, mis piernas están cansadas de tanto andar, pero mi mente está tan despierta como antes. Toma mis palabras y recorre el mundo a pie, en auto o en bicicleta, pero no olvides que ninguna caída será definitiva.

 

NGO.

Publicado en la antología “El reino del manubrio”,
de Textual Editorial.

 

 

 

Que es (h)armonioso, que es perfecto

tapalpa-2

¿Cuántos segundos comprenden lo que un árbol ha tardado en crecer?

Alto, como queriendo alcanzar el cielo.

¿Cuántas horas tarda un fruto en madurar?

Tierno y fecundo.

Pero ¿en cuánto tiempo un bosque puede volverse ceniza?

Que para el hombre no hay imposibles.

Cuesta entender que hayan hilos moviendo al mundo,

invisibles y anudados con fuerzas nucleares.

Que más arraigada esté la soberbia,

que las raices de un árbol.

Los frutos que de ti nacen,

salvarán al mundo de la hambruna,

saciarán la sed del niño escuálido.

Génesis de lo materno.

Fuente viva.

Mentora de Eratóstenes.

Naturaleza redentora.

Precursora de lo infinito.

Porque las plantas que de ti crecen,

curarán a los que han caído enfermos,

harán andar al desahuciado.

Si las flores, culpables todas de vanidad, admiran tu grandeza.

Si el viento, que ha desposado a Cloris, respeta tus territorios.

Que el hombre que es mortal,

y ha nacido testigo de tu nobleza, ¿no te sea fiel?

Pero si los suelos son fertiles todavía,

y el caudal de los ríos abundante.

Si el Sol y la Luna permanecen tus custodios,

resguardándote en la vigilia eterna.

Si tu inmensidad sigue siendo el mundo entero,

que el corazón del hombre se alumbre.

NGO.