Que es (h)armonioso, que es perfecto

tapalpa-2

¿Cuántos segundos comprenden lo que un árbol ha tardado en crecer?

Alto, como queriendo alcanzar el cielo.

¿Cuántas horas tarda un fruto en madurar?

Tierno y fecundo.

Pero ¿en cuánto tiempo un bosque puede volverse ceniza?

Que para el hombre no hay imposibles.

 

Cuesta entender que hayan hilos moviendo al mundo,

invisibles y anudados con fuerzas nucleares.

Que más arraigada esté la soberbia,

que las raices de un árbol.

 

Los frutos que de ti nacen,

salvarán al mundo de la hambruna,

saciarán la sed del niño escuálido.

 

 

Génesis de lo materno.

Fuente viva.

Mentora de Eratóstenes.

Naturaleza redentora.

Precursora de lo infinito.

 

 

Porque las plantas que de ti crecén,

curarán a los que han caído enfermos,

harán andar al desahuciado.

 

Si las flores, culpables todas de vanidad, admiran tu grandeza.

Si el viento, que ha desposado a Cloris, respeta tus territorios.

Que el hombre que es mortal,

y ha nacido testigo de tu nobleza, ¿no te sea fiel?

 

 

Pero si los suelos son fertiles todavía,

y el caudal de los ríos abundante.

Si el Sol y la Luna permanecen tus custodios,

resguardándote en la vigilia eterna.

Si tu inmensidad sigue siendo el mundo entero,

que el corazón del hombre se alumbre.

 

NGO.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Remedios caseros

Tomé una revista y empecé a hojearla. Conocía cada una de aquellas páginas con mujeres ardientes y cuerpos redondos, pero ninguna de esas fantasías me aliviaba el deseo, mayor a cada bocanada, de experimentar algo de placer. De repente, en un impulso vehemente, quise deshacerme de todas, y en menos de un minuto ya estaba bajando a toda prisa por los 58 escalones hasta la planta baja. Arrojé las revistas con tal fuerza, que la brisa hedionda del contenedor se apoderó de mi olfato con una rapidez nauseabunda. Pude ver desde un rincón alejado una sombra acercarse torpemente, era el vagabundo al que le gustaba husmear en la mierda; un parásito. Conocía su táctica: observaba desde la oscuridad en busca de algún momento provechoso  y luego esperaba a estar solo para abalanzarse a los contenedores. Seguramente recogería alguna de las revistas y se saciaría el miembro hasta dejarse la palma pegajosa y apestosa como el resto de su cuerpo. Me esfumé poco antes de verlo materializarse en la oscuridad, y subí hecho un bólido.

 

La mesa vacía me dejaba cientos de posibilidades para ocupar aquel espacio, pensé en poner la escultura abstracta que mi hermana me había regalado en uno de nuestros incómodos encuentros, o quizá yo mismo esculpiría alguna estupidez si me daba tiempo. Mientras opté por dejarlo así y encendí la laptop. En cuanto se trabó el puntero, quise aventar al carajo el aparato, pero me contuve apretando los puños hasta entumecerlos. Tres minutos después pude abrir mi archivo con acervos musicales y reproduje Animals, porque de todos los discos que tenía era el que menos me gustaba. Seleccioné el explorador esperando encontrarme con nuevas noticias del mundo, pero no había nada de mi interés, así que inicié sesión en la red social. Pulcros perfiles de “Señor y Señora Perfección” abundaban en la internet; el pan y el circo del siglo XXI. Estar inmerso en esos lugares me entumecía los sesos, pero me gustaba la idea de tener un perfil y ocasionalmente arrojar pequeñas bombas cibernéticas. Podía pretender ser un intelectual o un Don Nadie, cualquier cosa ahí dentro era válida y carecía de importancia.

Estaba a punto de apagar la máquina, cuando una idea llegó a mi cabeza, surcando la marea de mi letargo. Rellené mi taza, mientras rumiaba todos los detalles y posibles escenarios de aquella nueva travesura. Mi rostro entumecido por la seriedad, soltó una sonrisilla tan sincera que inmediatamente sentí la adrenalina recorrer mis falanges. Clavé la vista en el ordenador e inicié una búsqueda por cientos de perfiles.

 

Me tomó tres reproducciones del disco y tuve que preparar café una segunda vez, pero finalmente la había encontrado: Su rostro de tres cuartos, con una sonrisa de coqueteo infantil, que trataba de ocultar un cuerpo vejado por la codiciada talla cero. ¡Era perfecta! Inmediatamente le envíe solicitud y un mensaje con una sutil línea para desenmascarar mis intenciones: Quisiera conocerte, me pareces interesante. No tardó mucho en responder y dar inicio a una conversación. Sus gustos, sus experiencias y sus motivaciones eran convencionales, no había nada que resaltara. Entrada la plática la invité a un encuentro casual, y con un montón de caritas alegres y vulgares, aceptó la invitación que cambiaría su destino.

 

Salimos un día de enero, y durante 147 minutos me presenté como el hombre de sus sueños, caballeroso y elocuente, y como último acto, besé su regordeta mano antes de irme de vuelta a mi pocilga a ser el hombre más despreciable del mundo. De camino, me encontré con el vagabundo libidinoso, que cínicamente pedía dinero desde una esquina con la mano levantada, esperando su limosna como si tuviera derecho a recibirla. Me paré frente a él e hice la finta de sacar algo de mi bolsillo, sus ojos amarillentos le brillaron a la espera, y con un movimiento rápido, saqué la mano y le mostré el dedo.

Había programado nuestra próxima salida para la semana entrante, eso me daría tiempo para dejar todo listo, pero estaba tan excitado que antes de encerrarme, decidí parar en un supermercado para comprar los ingredientes necesarios para llevar a cabo mi plan. Poco a poco fue adquiriendo sentido aquella idea amorfa.

 

Al quinto día la llamé y me disculpé por mi ausencia con alguna excusa de trabajo y turnos nocturnos. Nos vimos a las afueras de un parque, y estuvimos 40 minutos platicando de tonterías. Se estaba devorando un helado cuando destruí su expectativa de compromiso. Iba a dejar todo para mudarme con una tripulación de pescadores de calamares gigantes porque desde niño quería ser pescador. Se lo creyó todo y su expresión se convirtió en la de un niño sin postre después de comer. Cuando fue tiempo de decir adiós, le obsequié una copia original de Animals, ahora más que nunca odiaba el disco. Le entregué los chocolates que tanto ansiaba darle, y le pedí que los abriera hasta que estuviera en casa. Me abrazó como si las veces que nos vimos le hubieran hecho quererme. Su muestra de cariño fue incómoda, traté de disimularlo fallidamente con una palmada que terminó en su flácida barriga, y la despedí para siempre.

 

Lo primero que hice al llegar a mi pocilga fue preparar una jarra de café y reproducir Thirteenth step para celebrar mi buen humor. Encendí la laptop y eliminé su perfil de mi lista, nuestra conversación y mi historial. Intenté adivinar el momento en el que se comería el chocolate ganador y la posición en la que su cuerpo se petrificaría tras surtir efecto el veneno. Seguramente se convertiría en una escena de lo grotesco.

Reproduje el disco una segunda vez, y me asomé por la ventana para seguir con la vista al vagabundo justo cuando sacaba una de mis revistas de la basura. En la última página, escribí Sucio parasito en el vientre de una chica, con especial dedicatoria para él. La adrenalina estaba abandonándome, mientras lo observaba desde la sala, y de repente una nueva idea me vino a la cabeza. Extasiado, fui maquinando un plan macabro que involucraba más revistas y otro poco de imaginación.

Finalmente había descubierto lo que quería ser de grande.

 

NGO.

Publicado en el número 43,
“Amor Miserable”, de la Revista Miseria.

 

Yo no soy pez que nada,

yo no soy ave que vuela.

Soy palabras que dejan huella,

que no encuentran quién las lea.

 

Endulzo los labios del tiempo,

eterno juez de mil caras.

Cortejo al rebelde viento,

cuya voz quema cual llama.

 

Que mi pecado es uno solo,

y soberbio al pronunciarlo soy,

puesto que destinado a morir solo estoy.

 

 

Es injusto llamarme poeta,

Señor de la infinita palabra, del finito amor.

Preludio de mi descompuesta soeza.

 

¡Desgraciada poesía!

Arde en el fuego, en el frío olvido,

de tu violenta marea.

 

¡Desgraciado yo!

Por creerte y ser esclavo de tu belleza,

eterna e insaciable.

 

 

Pero bendita tú, entre todas las musas.

Redentora de todos los muertos.

Que alumbra en la oscura penumbra.

Amante, a quien yo ruego.

 

De todos los males, elijo tu beso.

Que silencie mis versos mortales,

y los lance a todos sus presos.

Porque yo sin ti, y tú sin mi es absurdo.

 

De todos los males…elijo tus labios.

 

 

NGO.

 

 

 

 

El Paraíso

eva - detalle levy-dhurmer“Eva” de Lucien Lévy-Dhurmer (1865-1953)

 

Desde la lejanía, Eva pudo ver el árbol que Dios les había prohibido. Pequeño a comparación de los otros árboles que crecían en el paraíso. No entendía por qué entre tantas creaciones, aquel en particular, les había sido negado. Temerosa a ser descubierta, se escondió detrás de unos arbustos para que Dios no la viera. Fue acercándose sigilosamente, y una vez  frente a él, pudo ver el fruto rojo que colgaba de una rama, hipnotizante y hermoso. Estaba a punto de tomarlo, cuando recordó las palabras de Dios.

-Tómala. Esss para ti -clamó una desconocida voz aguda.

Y de entre las ramas del manzano, una serpiente apareció frente a ella. Sus ojos emanaban un brillo intenso y la miraban expectantes. -No puedo -dijo Eva, pero su cuerpo decía otra cosa. El animal serpenteó y estiró su cabeza, clavando su mirada en la de ella.

-Tómala. Essss tuya -dijo.

Extendió la mano para alcanzar la manzana, y al arrancarla, la serpiente desapareció entre el espeso ramaje. Todavía podía escuchar su silbido cuando le dio la primera mordida. El dulce sabor del fruto inundó su boca, sumergiéndola en éxtasis. Uno por uno, los miembros se le fueron entumeciendo, y cuando no pudo sostenerse más, su cuerpo cayó inerte. La serpiente bajó del árbol y se deslizó hasta ella. Lentamente fue introduciéndose en su interior, hasta que su escamoso cuerpo se apropió de la mujer. Se puso de pie con ayuda de sus dos piernas y miró el cielo, esperando cruzar su brillante mirada con la de Dios.

 

NGO.

Lamentable intento de un soneto nocturno

Las horas que escurren, y el tiempo,

sempiterno burlón.

Puesto el ojo en su reloj,

avanza sin desconcierto.

 

No, así no se escribe un soneto.

A Jacinta no le gustan esos temas.

Siempre escriben así los poetas.

Mejor dibújame un cordero.

 

Y el tiempo, ¿qué hago con él?

Que se esfume, el sempiterno ese.

¿No es eso bastante cruel?

 

Y se fueron escurriendo las horas,

enteras y sin retrasos.

A Jacinta le gustan más mis pinturas.

 

Sketch13215157

NGO.

 

 

 

 

XVI

Quiero, te quiero.

El trabajo que me cuesta,

decírtelo, cantártelo…susurrártelo.

 

Yo sé que no soy todo lo que en esta vida tú quisieras.

No pretendo serlo, porque es más que cualquier cosa.

Lo que sé, es que te quiero tanto,

Tanto como este desvelo.

 

Si me callo es porque no sé como,

ni cuándo decirte,

que hay algo en mi pecho, en mi cabeza, en mi garganta,

y no puedo decírtelo,

porque también me cuesta tanto.

 

Y perdóname por ser mustia,

por no ser el alma de la fiesta.

Aunque también es justo, perdonarte a ti

por ser sincero demás.

 

Y si pretendo negarlo o callarlo,

sepas bien que lo intento,

día tras día, confiarte este corazón zurcido.

 

NGO.

 

 

 

 

I

 

Pedacito de tierra que no pide nada

Que se lleva, sin aviso, a las muchachas

Y ya se le ha vuelto costumbre

Ese gusto por las más solitarias.

 

Como quema el sol en marzo, dice

¿Y qué importa eso?

Habemos sobras

Escondidas como arañas

 

Que no somos cultas, pero si muchas

Y andamos a tientas.

Como han cambiado los tiempos, dice

 

¿Y qué importa eso?

Habla la voz: No importa nada

Ya se las llevaron.

 

Anteayer a otra, dijeron

Yo la conocía, dijo

Oscuridad que lo cubre todo

Ruega por nosotros

No te olvides de nuestro dolor

Apiádate.

 

Era de la 92, dijo

La voz, las voces no paraban de hablar

Una tras otra

Como torbellino en el desierto.

 

Esta tierra pide mucho

No hallamos que más darle

Porque somos sobras

Y andamos incompletas.

 

Ya estarán muy lejos

Han de tener miedo

Si es que todavía tienen algo, dijo

No sabemos, dijeron.

 

Como duele ser migaja y andar a tientas

En esta tierra ingrata

A la que le faltan muchachas.

 

NGO.

Les disparitions forcées

Mi hija descansa en esta tierra vacía, sin un cuerpo que pueda dar muestra de su mutilación, por eso esta tumba está vacía como nuestra esperanza.

Ya no nos llueve desde hace meses, y andan diciendo cosas, cosas que nadie quiere oír, pero uno se acostumbra después de un rato. Tenemos el miedo corriéndonos por las venas, crujiéndonos los dientes, pero ni así decimos algo. Que al gobierno no le importe es una cosa, pero que al pueblo tampoco, es otra. Nos dijeron que no saliéramos, que el peligro andaba allá afuera, pero, ¿de dónde íbamos a sacar para vivir? Esta vez se llevaron a mi hija, ¿pero a cuántas hijas e hijos no se han llevado ya? Salió a trabajar y ya no volvió, y yo con estas piernas no puedo hacer mucho. En estos tiempos naces mujer y te tienes cuidar, andar alerta hasta en el sueño; pero una no tiene la culpa de eso, no es vida eso.

A mi niña le enseñé a leer y escribir para que cuando creciera no la hicieran menos como a mí. La mandé a la escuela con mucho esfuerzo, después de que a su padre nos lo mataron en el Bravo. Ya desde entonces sabía que nadie vería por nosotras, así que me puse a trabajar para sacarnos adelante. Y luego ella empezó a trabajar como yo, ayudándome como nadie lo hacía. No le vi la cara antes de irse, ni siquiera la ropa que llevaba puesta. ¿A cuántas madres les habrán quitado a sus hijos? ¿Qué hace uno después de perderlos?

Ni siquiera me la dejaron conocer un buen hombre y darme nietos, ni siquiera supo de qué color era el amor. No supo que más allá del calor de este desierto había cosas buenas…

Ahora ya no sé si soy madre.

EN MEMORIA DE LAS MADRES DE MÉXICO

NGO.

IX

img_4698

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no te escribo?

Estaba perdido en las extrañas conjeturas de una niña,

ahogándome en un pozo de azules aguas y amargos sabores.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no te abrazo?

Los días anduvieron lentos por la espera,

y mientras los marcaba en la piedra caliza,

soñaba con ser ave.

¿Desde hace cuánto me lloras?

Aquí no hace frío a pesar de la penumbra,

escucho el eco de una voz clamando por alguien,

pero aquí tampoco hay nombres.

 

NGO.

 

El trabajo de un escritor es el más solitario

img_4865

¿Quién en su sano juicio, leería un libro sin ilustraciones? Los más atrevidos se sumergen en las miles de palabras de algunos libros, pero lo más locos, aquellos desprovistos de cura, eligen libros dotados de poesía y prosa profundísima.

Cuando era un niño, pedía los cuentos con colores e imágenes brillantes para entretener mi curioso espíritu infantil, pero unos años más tarde, y para mi sorpresa, me encaminaría a tan onerosa profesión, carente de fanáticos ruidosos y reconocimientos aún menos ruidosos. Es una vocación difícil, sin duda, pues rara vez nuestros borradores llaman la atención, y mucho menos las notas al píe de página, fácilmente ignoradas. Si fuésemos, quizás, algún fotógrafo, las personas nos dirían- ¡Muéstranos tus fotografías!-. O tal vez- ¡Hazme un retrato!-. Pero, en cambio, escribimos sin la necesidad de ser descubiertos. ¿Quién ha pedido un cuento de sí mismo?

¡Somos extraños, o peor, complejos! Somos una incógnita hasta para nosotros mismos.

Pocos conocen la magia entre las cuatro paredes dónde presenciamos el arte del relato, y nuestras mentes atrapan las ensoñaciones para convertirlas en trazos letrados, atestados de descripciones, nombres, conflictos, héroes y villanos, prólogos y epílogos. Somos eso: palabras, extrañamente difíciles de recordar, pero siempre cerca del corazón.

La dicha de serlo me reconforta y no tengo explicación dialéctica para esto, sólo soy un grano de arena entre tantos. Y ahí vamos, furtivos y taciturnos, hasta el momento de afilar nuestra pluma con la verdad; materializamos la soledad y un sinfín de tristezas; vaciamos las palabras con cuidado en el papel y luego las echamos a andar libres, esperanzadas a ser leídas, y si corren con suerte…marcadas en el sitio más recóndito: el alma.

NGO.